jueves, 3 de abril de 2014

Largas esperas, eternas despedidas.

Te lo avisé, tarde o temprano llegaría. Rápida o lentamente pero llegaría. Cada segundo en tu cabeza era un paso hacia el final. ¿Recuerdas como te sentías al contarlos? Una vida perdida tratando de contar. Contar y contar.
Contaba en su cabeza creyendo, ingenuamente, que él era dueño de aquello; creía haber ganado la partida, sin embargo y paradójicamente, antes de empezarla ya había sido derrotado. Fue tal su obsesión de contar que llegado un punto no sabía ni porqué contaba. Fíjate si fue estúpido pensar que podría haber vencido pues, la muerte, sabiendo desde el principio que iba a ganar, le concedió una vida entera de ventaja y ¿total para qué?
Esperar aquel final era una decisión respetable pero, a ojos de los demás, terriblemente absurda. Una larga espera que concluirá en tan solo unos minutos..
Se marchitó como se marchitan las flores pero, a diferencia de estas, él no llegó a emitir ningún color radiante de energía, tampoco era capaz de orientarse hacia el sol, él solo contaba.
Horas interminables, minutos infinitos y segundos vacíos componían, y definían, su vida.
Nunca dejó huecos para la debilidad y, probablemente, esa fue su debilidad: querer protegerse de los demás. Traté de advertirle, traté de hacerle entender que realmente no se estaba protegiendo de los demás sino que se estaba condenando a sí mismo.
Es cierto, él no tuvo que sentir emociones tales como la envidia, la tristeza, la ira, la incomprensión o el rechazo, él bloqueo toda posibilidad de forma previa, no dio opciones y, de esta forma, también se impidió poder disfrutar de otras emociones como el amor, la amistad o la alegría.
Pasó por la vida como pasan los adolescentes borrachos por sus casas al entrar, de puntillas. Se ahorró sufrimientos y desperdició oportunidades.
Hoy, haciendo un balance de la situación él me ha confesado el mayor de sus secretos. Entre sollozos y sonrisas me ha hecho entender, me ha hecho comprender que tal vez yo, aquél que creía todo lo anteriormente relatado, también había obviado una cosa, el miedo.
Se confesó y confesó que él sentía miedo. La vida le asustaba más que la muerte. Ahora no estaba aterrorizado pues, él, sabía que este momento llegaría pero, en la vida, ¿quién sabe que puede suceder?
Él no quiso bloquearse pero supuso que tapándose con la manta hasta arriba, debajo de las sábanas, estaba seguro. Hoy me ha dado una lección.
Miedo. Escalofriante y temeroso miedo. Es capaz de apoderarse de ti sin que ni siquiera tú seas consciente de ello.
Sé valiente por ti, sé valiente por mí y sé valiente por aquellos que no son capaces de saborear esas pequeñas y sencillas oportunidades de vivir arriesgando. Sujeta la puerta para que esa persona que te persigue pasé, es arriesgado, puede que esa persona simplemente pase de largo pero ¿y si sonríe qué?

5 comentarios:

  1. Eres valiente Darío. Y una incógnita también. Serás constante?

    STUPENDO

    ResponderEliminar
  2. Me encanta lo q escribes pues a mi me hace pensar en muchas cosas y situaciones a partir de hoy no me iré a dormir sin reflexionar cada Dia sobre cada mensaje historia o lo que escribas cada dia

    ResponderEliminar
  3. Muy buena idea, así tus buenas energías llegan mucho más lejos aun. Darío for PRESIDENT.

    ResponderEliminar
  4. Dejaré la puerta abierta. En realidad yo siempre la tuve así. Eso me ha permitido sentir lo mejor y lo peor de esta vida. Espero y deseo que aún entren muchas cosas por mi puerta que me hagan removerme. De momento tú y tus líneas ya estáis dentro...

    ResponderEliminar